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El guardian de Puente Justicia

mayo 21, 2017

El guardián de Puente Justicia, se llama Flavio Noal y se encuentra en este paraje a mitad de camino entre Rio Grande y Tolhuin en la Ruta Nº3 en el medio de la nada, en el destacamento policial abandonado a 70 kilómetros de Rio Grande, sobre el rio Ewan, allí vive este hombre que cuanta que fue minero y artesano, que estuvo en Malvinas, que recorrió Península Mitre y llegó hasta la Isla de los Estados.

Desde hace dos años, para quienes lo conocen, es conocido como el guardián de Puente Justicia y a cada familia que visita el lugar los fines de semana, para acampar o solo pasar el día, les advierte si hay perros cimarrones por la zona, da recomendaciones para apagar el fuego o ahoga él mismo los fogones mal sofocados.

Para muchos ya es un personaje habitual del lugar y, de hecho, aunque no es un trabajo formal ni mucho menos recibe alguna remuneración, por decisión propia se instaló hace dos años en el destacamento al que llego como mochilero. A veces, cada vez menos según hace dedo y se traslada hasta Tolhuin para comprar algunos víveres o hacer alguna “changa”.

Flavio, alto y desgarbado, vestido siempre de uniforme militar o se scout, boina y botas acordonadas, cuenta a quien se pone a conversar con él, que fue combatiente de Malvinas. Su forma de hablar da cuenta de su paso por las fuerzas armadas y asegura que está “siempre dispuesto” para servir a la patria.

¿Qué hace que alguien decida resguardar un lugar a costa de vivir sólo en el medio de la nada?: “En el destacamento hace dos años que estoy, yo ya lo conocía de cuando todavía estaba en funcionamiento, cuando veo el desastre que habían dejado dije ‘cuando pueda me vengo para acá’. Me pongo en contacto con Defensa Civil y la Brigada Forestal, porque fui brigadista en Río Turbio, les digo ‘estoy a disposición’, y me dijeron que, si me quería quedar en el Destacamento porque tenemos muchos problemas con los incendios, así que traje todo el equipo de campamento para quedarme acá, y empecé a limpiar, a sacar mugre, a apagar fuegos, y me fui quedando”.

Además señala que fue scout y bombero voluntario. “Vine y me puse a hacer tareas de mantenimiento. Soy voluntario, no cobro sueldo ni nada, lo hago por voluntad mía, mientras pueda ser útil a la sociedad lo hago, el día que no pueda no podré y ya está”, dice y sostiene que “estoy las 24 horas permanente”.

¿Cómo es vivir en un destacamento abandonado? “Arreglé la parte baja del destacamento, que estaba todo destruido, me hice un tacho con un tambor de 200 litros, tengo leña, busco agua en el chorrillo, tengo mi cama, mis elementos y mis provisiones, la gente a veces viene y me deja asado, te trae una caja de víveres, pero yo no le pido nada a nadie”, describe.

Flavio asegura que “la gente ve que los estoy cuidando para que no hagan macanas, entonces me traen cigarrillos, yerba, pero yo no le pido nada a nadie, yo trabajo voluntario ayudando a la gente”. Además sostiene que “yo también hago mis changas y mis monedas y me compro mis cosas”.

Viudo, y con dos hijas que quedaron en Buenos Aires al cuidado de su abuela, Flavio no tiene intenciones de cambiar su estilo de vida. Trabajó en varias localidades de la Patagonia, en minas, pero decidió instalarse en Tierra del Fuego hasta que resuelva cambiar de rumbo.

“Acá es como vivir en un cementerio, no joroba nadie, los fines de semana viene gente y cuando están acampando alguno que otro se porta mal para no perder la costumbre, pero la mayoría sabe respetar las cuestiones, y después que se fueron no anda nadie por acá en la semana y en invierno no te digo nada, nadie te jode”, señala.

¿El frío? “No me hace nada –asegura- soy patagónico ya. Soy nacido en Buenos Aires, pero hace más de veinte años que estoy en la Patagonia, si no te curtiste volvéte”.

A Tolhuin va cada vez que puede a comprar algunos víveres. “Me voy a dedo, pero como me conoce todo el mundo a lo mejor llego a la entrada de la ruta y enseguida para alguien, a veces ni hago dedo y pasan y me llevan, otras veces me paro a hacer dedo, pero no hago lo que hacen los mochileros o lo que cree la gente que hacen los mochileros, no me paro todo el día a hacer dedo porque no avanzas, se te pasa el día”.

Malvinas: “No soy un héroe”: Nacido en Merlo (Provincia de Buenos Aires) hace 55 años, su hermano le mandó un pasaje y llegó a Tierra del Fuego en 1985. “Estuve hasta el año 90, me recorrí todo, conocí toda la isla incluía la Isla de los Estados porque estuve con gente de la Armada con el tema del balizamiento, y aparte porque soy bastante arqueólogo aficionado, y un día por hacerme el corajudo dije ‘me voy a Policarpo’”.

Flavio afirma que “para mi familia soy un loco”. Es que tampoco considera que tenga grandes necesidades para vivir. “¿Plata? ¿Qué es eso? A mí no me paga nadie nada, esto lo hago por sentirme bien yo y ayudar a los demás, hago changas, compro provisiones y voy acovachando”.

De su paso por Malvinas comparte algunos recuerdos: “Tenía 19 años, Regimiento de Infantería 5 Provincia de Chubut. Nos tocó estar en Estrecho San Carlos”. “Estuve en combate pero no me gusta mucho hablar de eso porque hay gente que se pone mal o te toma el pelo”, dice.

Además dice que “la pensión la tengo, pero la rechacé, hice trámites para que la cobre mi vieja para mis hijas; estoy entero y puedo trabajar, me arreglo con lo que tenga”.

Para Flavio “todo eso del subsidio, la jubilación y las medallas, no te sirve, lo que te quedó adentro acá (señalándose la cabeza) no te lo arreglan con nada. La gente en su mayoría te dice el loco de la guerra, no soy un héroe, qué tiene de héroe matar a otros o ver morir a tu compañero y no poder ayudarlo, esos son cuentos de las películas, vos sos carne de cañón”.

En estos dos años varias veces le robaron, provisiones, herramientas y hasta una bandera malvinera que había colgado en el mástil. “Soy bastante resentido en ese sentido –apunta- ¿Por esta basura perdimos gente y yo peleé?”.

“Al vivo le tengo miedo, no al muerto”: El destacamento del Puente Justicia supo tener un gran movimiento policial, pero está abandonado hace 16 o 17 años. “Se supone que no hay nadie, vos te querés meter y te aparezco yo, creen que soy el suboficial muerto”, asevera Flavio que además porta una “cachiporra” pero sostiene que “es para defenderme yo en el caso que haga falta, uno nunca sabe con quién se va a cruzar”.

En el edificio donde hoy vive, un suboficial se mató en planta alta, mientras que en la planta baja se ahorcó una mujer hace ya varios años.

El fantasma de “Liliana, la finada que se ahorcó en la guardia, aparece de vez en cuando y el suboficial anda a los gritos, caminando”, cuenta y afirma que no tiene miedo: “Le tengo miedo al vivo, al muerto no”.

Antes de despedirse y seguir visitando a otros visitantes del Puente Justicia, Flavio relata que “mientras sea útil seguiré acá”.

También señala que a sus hijas las extraña “nos comunicamos de vez en cuando, pero no puedo hacer nada, son muy chiquitas para venir al sur”. “En el norte tengo a mi vieja, hermanos menores, no quiero ir al norte porque ya me aclimaté acá”. “La madre (su esposa) ya tomó la guardia antes que yo y acá si no tenés donde caer muerto no las iba a traer, cuando sean mayores se verá, si quieren venir vendrán”, dice finalmente y sigue su camino hacia otro fogón.

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